El territorio.

Nos preguntamos si los límites entre los lenguajes, las disciplinas, los saberes tienen un carácter territorial, si es así, entonces el territorio es lo global, que es desterritorialización. Perder las fronteras, los límites y vivir los desplazamientos, nos provoca vértigo, miedo, sin darnos cuenta de que somos desplazados y desplazamiento mismo.
Necesitamos urgentemente de lugares que nos permitan ir más allá de las representaciones territoriales conocidas, que nos permitan imaginación autónoma: ¿Cómo dar cuenta de los encuentros entre los mapas y las personas, sus pensamientos, sus cuerpos, sus aspiraciones?

martes, 12 de junio de 2007

Desplazamiento forzado

Trece de diciembre del dos mil cinco. Nueve de la mañana. Junta de Departamento en Diseño de Información. Todos listos con nuestras comisiones curriculares. Mis colegas han estado reservados, tal vez porque la presión del nuevo programa nos ha mantenido en constante análisis y reflexión durante los últimos tres meses.
Lo que no entiendo es por qué el señor Kim me ha preguntado si yo se algo sobre una conspiración de un grupo de profesores contra la administración Palou o contra la decana de la escuela de humanidades, Vilar Payá, a lo que yo contesto con sinceridad: no, no tengo la menor idea. El me informa que un compañero está organizando un complot, nunca supe su identidad. No logro entender lo que en un momento me pareció una coincidencia, que cada vez que hablo con alguien en el pasillo o ingreso al salón de clase, dos o tres policías están rondando el área

Trece de diciembre del dos mil cinco. Nueve de la mañana. Junta de Departamento en Diseño de Información. Todos listos con nuestras comisiones curriculares. Entramos al salón de juntas, en ese momento los seis profesores somos divididos. Unos son llamados por la decana a su oficina, otros son llevados a la oficina del asistente de la decana y nosotros dos somos escoltados por la nueva jefa del departamento, Martha Ramírez, mi ex compañera de dormitorios en la UDLA, a la oficina de Recursos Humanos.
Decían que la lista era de sesenta…quien sabe. Pero todo está hecho.
Nos encierran en la oficina de Recursos Humanos, los verdugos están ahí. Sus cabezas sin rostro, la máscara de la maldad y el terror cubren sus caras.
Nos dan razones infundadas, por fortuna pudimos imprimir nuestras evaluaciones semestrales antes de ese momento, son buenas, ellos tienen ahora un problema, ya no pueden decirnos que son nuestras evaluaciones, vemos los ojos del señor Luna. Qué importa, los verdugos sólo obedecen órdenes.
La noticia la recibimos trémulos. Hemos sido despedidos sin razones justificadas, por fin lo ha aceptado el verdugo, nos dice que tiene que cumplir órdenes.
Trece de diciembre del dos mil cinco. Diciembre…hacía sólo unas dos semanas Luisa Vilar Payá había dado rienda suelta a su ira y frustración mediante gritos e insultos proferidos hacia nosotros frente a estudiantes, becarios, secretarias y profesores.
Diciembre...”como amigo te aconsejo que no te vayas a pleito, vas a perder, empezando por la beca de tu hija”….diciembre…el futuro??.. Se fue.
Abrimos la puerta de la oficina, y el primer paso fue hacia el abismo, negro, eterno, profundo, sin fondo.

Dos, diez, catorce, sesenta, ochenta y cinco…larga fue la cuenta de los despedidos en dicembre del 2005, profesores de tiempo completo, de tiempo parcial, personal administrativo. Como larga fue la lista de los estudiantes que llegaron a nuestras oficinas a vernos por última vez, a darnos su apoyo, a decirnos que siempre íbamos a contar con ellos, que un maestro no se muere en sus mentes y en sus corazones, así nomás por un contrato. Hasta la fecha seguimos en contacto, somos amigos, somos cómplices, somos exaudlas.
Vaciar mi oficina fue lo más doloroso y vergonzoso. Lo más humillante. Lo más solitario. Cargamos nuestras cajas, lo poco que decidimos llevar y en la puerta encontramos a un colega, regresaba del brindis en la plaza de las banderas…con dos copas de vino, con enojo y con las ideas desordenadas, nos vio sacando nuestras cosas, nos detuvo y en un impulso de rabia, de impotencia, de dolor, maldijo a gritos la hora en que estos crímenes habían sido concebidos, maldijo todo, el hecho de que partiéramos de esa manera, después de tantos años de trabajar juntos, de ser amigos, maldijo su propia cobardía al no enfrentar las decisiones tomadas y la de quienes decidieron asesinarnos de ese modo.
Salimos. El edificio de Humanidades lleno de listones negros, réquiem por las Humanidades en la UDLA.

Los dias que siguieron, los meses que siguieron, la vida continuó.
Pero continuó en compañía de una nueva comunidad, todos los asesinados por esa administración que detenta una política retrógrada, pero que ha encontrado una justificación que la legítima y que la convierte en el único gran relato: el dominio de la élite y el sometimiento de todas las relaciones, de todo el ser humano, por la aniquilación misma.
Ninguno sabíamos la razón exacta y legal de nuestro despido, sólo sabíamos que se publicó durante meses y en todos los medios que fueron cómplices absolutos de esa política, los pregones mentirosos, que a fuerza de repetición, de violencia, terminaron con lo poco que nos quedaba de vida: que éramos desechables. Porque la violencia es así, no quiere saber nada de sí, no quiere ser responsable de sí, sólo desgarra, viola, denigra, destruye, aniquila. Porque es estúpida, no por falta de inteligencia ni por falta de pensamiento, más aún, por falta de la voluntad de pensamiento. La violencia ejercida sobre nosotros y todos aquellos que nos precedieron, rompió nuestras caras, nuestras dignidades, sólo porque a ella, en toda su imbecilidad, le molestábamos. De este modo, se nos despojó de la verdad, mientras que la verdad se redujo, a partir de ese momento, en la UDLA, a la fuerza y cantidad de los golpes que ha propinado.
Las cosas en la UDLA de verdad se pusieron muy mal, los seres humanos que convivían ahí perdieron esa capacidad humana, en medio del terror, del silencio, del imperio de la violencia.
Para quien no ha tenido la experiencia y la fortuna de ser profesor por vocación, puede parecer una situación exagerada, ridícula, cursi, deleznable. Quienes ejerzan su oficio y su profesión por vocación, por convicción, podrán entender de qué estoy hablando.
Iniciamos una red de comunicación y de ayuda entre todos, hasta la fecha, seguimos en contacto.
Algo empezó a llamar mi atención: todavía amaba lo que hacía, todavía me reconocía en el trabajo hecho. Los acontecimientos de la UDLA no habían podido cambiar en nada eso, había sido rechazada, pero aún estaba enamorada, sí, enamorada de mi trabajo, de mi vocación, de lo que hice. Así que decidí continuar, no retirarme, seguir en contacto con ustedes, queridos, respetados, exalumnos. Seguir compartiendo lo que se, lo que he aprendido: dejar de ser la profesora de tiempo completo, investigadora, con cargos académicos, para ser nuevamente aprendiz. Desde entonces, soy libre y he entrado en uno de los períodos más creativos de mi vida, pues durante los últimos meses he conocido formas de vivir, de trabajar, de compartir, de ser, formas incluso de dejar de ser, para construir a partir de nada. Recordar constantemente que en cualquier momento lo que se construye puede derrumbarse, que lo único que queda es la vida que se vive cada día, es la mejor manera de evitar la trampa de pensar que se tiene algo que perder.
La pérdida es lo único seguro que tenemos en esta vida, es lo que compartimos, es lo que tenemos en común, perder para renovar, soltar para alcanzar otras orillas, otros horizontes. Y ustedes, queridos exalumnos, ahora, colegas, son quienes emprenden el desplazamiento. El tiempo, sin embargo, es limitado, no se dejen atrapar por los dogmas absolutos de quienes pretenden dominar sus almas, sus espíritus forzándolos a vivir sus vidas bajo parámetros impuestos mediante el miedo, el terror, la intimidación, la violencia.
Nada, absolutamente nada, justifica la violencia que se ejerce sobre otro ser humano, nada justifica la humillación humana.
¿Quién decide qué vidas han de ser lloradas y cuáles no? ¿Una administración? ¿Intereses comerciales y económicos? ¿Los medios de comunicación? ¿La negligencia y el silencio social y civil?
Esto que sucede en la UDLA es lamentable. Es preocupante que una institución como ésta haya llegado al estado de anarquía y terror que se describe, es preocupante que se busque, desesperadamente, dar justificación y legitimidad a cada acto de violencia y humillación que se comete.
Pero es importante observar más allá del estar a favor o en contra.
Cada acto de humillación cometido reclama una redención, que vendrá del mismo sistema que evalúa y juzga. Este sistema sólo exige el dominio y la sumisión total mediante este tipo de acciones. El trabajo asalariado y sometido a la política económica contemporánea es su mejor aliado y su mejor arma.
Fuimos maestros que trabajamos durante años para la UDLA, gracias a nuestro compromiso y trabajo, esta universidad creció y se fortaleció. Muchos actos de terrorismo, de acoso, de intimidación, de tiranía se cometieron contra nosotros, los del 2005. Nadie nos defendió, nadie nos apoyó. Hemos vivido como hemos podido, reinventando y replanteando nuestra existencia, tratando de olvidar aquel tiempo de humillación y de crueldad.
Ahora escuché al Dr. Welti en su entrevista con Carmen Aristegui.
Además de haber sido violentados, humillados, hemos sido olvidados, nunca existimos, nunca se habló de nosotros, en esa entrevista nunca fuimos nombrados.
Este revuelo mediático se ha dado porque es lo que el sistema detenta: sólo cuando las élites son violentadas, vale la pena la redención, el reclamo, la indignación pública. Lo que estas posiciones permiten es olvidar lo que más nos duele: que son efímeras, que no existen, que lo queda es nuestro devenir humano.
A los recién despedidos, por las razones y etiquetas que les hayan colgado, les digo, nosotros sabemos lo que se siente y no es bonito. Sabemos lo que es perder lo que creíamos tan seguro, ser humillados, ignorados, violentados y ahora, olvidados.
Sabemos lo dañino y peligroso que son estos actos de inhumanidad y de irresponsabilidad. Sabemos que la violencia exige ser ella la única verdad, hemos visto cómo los violentos explotan dentro de su violencia, se convierten en cosa, se enajenan, sucumben violentamente sin darse cuenta.
Por eso quiero expresar mi más sincera compasión y comprensión ante su dolor, ante su pérdida. El dolor, cualquiera que sea, indica duelo. Cuando no sólo unas cuantas vidas sean dignas de ser lloradas públicamente, cuando nuestro dolor alcance a los sin nombre, a los sin rostro, entonces, tal vez seremos concientes de nuestra realidad social, de cómo hemos participado en ella o de cómo hemos cedido toda nuestra voluntad.
Vaya pues mi solidaridad para contribuir a la construcción de alternativas con vida propia, para contribuir a la restauración de la dignidad profesional, para defender el valor más ético de la educación: la responsabilidad humana.

Gracias, Erika Wong.

"Desde hace unos años se intenta convencernos de que aceptemos como dimensiones humanas y normales de nuestra existencia prácticas de control que siempre se habían considerado excepcionales y auténticamente inhumanas [...] Los Estados, que deberían constituir el lugar mismo de la vida política, han hecho del ciudadano, o más bien del ser humano como tal, el sospechoso por excelencia, al punto de haber transformado en clase peligrosa a la humanidad misma".
Giorgio Agamben.

1 comentario:

Mª JOSE dijo...

HOla, he visitado tu blog por primera vez me ha encantado, espero seguirlo está muy bien narrado.
-saludos.